martes, 24 de marzo de 2015

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015

VATICANO, 27 Ene. 15 / 09:31 am (ACI).- Hoy se dio a conocer el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015 que lleva como título “Fortalezcan sus corazones”. El texto ha sido dado a conocer por la Sala Stampa de la Santa Sedeen conferencia de prensa. Los idiomas en los que puede encontrarse son el italiano, español, inglés, polaco, alemán, francés y árabe.

A continuación el texto completo en español:
«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.
Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.
Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres.
Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos.
Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia.
La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).
También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31).
Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

EL PAPA FRANCISCO ALMORZÓ CON LOS PRESOS DE UNA CÁRCEL DE NÁPOLES

Queridos amigos, compartimos con ustedes esta imagen del Papa Francisco compartiendo el almuerzo con 90 presos de la cárcel de Poggioreale (Nápoles), el pasado sábado. El Papa se sentó en el centro de una mesa con 12 presos, y tuvo a su lado a un detenido argentino. La comida fue preparada por los presos que trabajan en las cocinas del instituto penitenciario.
Después de comer, el Papa mantuvo un diálogo con los detenidos, contestando a las preguntas de dos de ellos. El Papa subrayó que en la base de la labor pastoral que realiza la Iglesia en las cárceles está “la convicción de que el amor siempre puede transformar a la persona humana. Y entonces, un lugar de marginación, como podría ser la cárcel en sentido negativo, puede convertirse en un lugar de inclusión y de estímulo para toda la sociedad, para que sea más justa, más atenta con las personas”.

Papa Francisco

HOMILÍA DEL MARTES: ACEPTAR LOS CAMINOS POR LOS QUE NOS LLEVA EL SEÑOR
¿Cuántos se dicen cristianos pero no aceptan «el estilo» con el cual Dios quiere salvarnos? Son a quienes el Papa Francisco definió como «cristianos sí, pero...», incapaces de comprender que la salvación pasa por la cruz. Y Jesús en la cruz -explicó el Pontífice en la homilía de la misa que celebró hoy en Santa Marta- es precisamente «el núcleo del mensaje de la liturgia de hoy».
En el pasaje evangélico de san Juan (8, 21-30), Jesús dice: «Cuando levanten en alto al Hijo del hombre...» y, anunciando su muerte en la cruz, recuerda la serpiente de bronce que Moisés hizo elevar «para curar a los israelitas en el desierto», como se lee en la primera lectura tomada del libro de los Números (21, 4-9).
El pueblo de Dios esclavo en Egipto —explicó el Papa— había sido liberado: «Ellos habían visto verdaderos milagros. Y, cuando tuvieron miedo, en el momento de la persecución del faraón, cuando estuvieron ante el mar Rojo, vieron el milagro» que Dios había realizado para ellos.
El «camino de liberación» comenzó con la alegría. Los israelitas «estaban contentos» porque fueron «liberados de la esclavitud», contentos porque «llevaban consigo la promesa de una tierra muy buena, una tierra sólo para ellos» y porque «ninguno de ellos había muerto» en la primera parte del viaje.
Pero a un cierto punto, continuó el Pontífice, en el momento que «se alargaba el camino», el pueblo ya no soportó el viaje y «se cansó». Por ello comenzó a hablar «contra Dios y contra Moisés: ¿por qué nos han sacado de Egipto para morir en el desierto?».
Comenzó «a criticar: a hablar mal de Dios, de Moisés», diciendo: «No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia, el maná». Es decir, a los israelitas «les daban náuseas las ayudas de Dios, el don de Dios. Y, así, la alegría del comienzo de la liberación se convirtió en tristeza, en murmuración».
Probablemente preferían «un mago que con la varita mágica» los liberase y no un Dios que les hiciese caminar y que «en cierto modo» les hiciese «ganar la salvación» o, «al menos, merecerla en parte».
En la Escritura se ve «un pueblo descontento» y, destacó el Papa Francisco, «la crítica es una vía de salida de ese descontento». En su descontento «se desahogaban, pero no se daban cuenta de que con esa actitud envenenaban su alma». He aquí, entonces, la llegada de las serpientes, porque «así, como el veneno de las serpientes, en ese momento el pueblo tenía el alma envenenada».
También Jesús habla de la misma actitud, de «ese modo de ser no contento, no satisfecho». Refiriéndose a un pasaje que encontramos en los Evangelios de san Mateo (11, 17) y de san Lucas (7, 32), el Pontífice dijo: «Jesús, cuando habla de esta actitud dice: “¿Quién os entiende a vosotros? Sois como esos niños en la plaza: hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; os hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado. Entonces, ¿nada os satisface?”».
Es decir, el problema «no era la salvación, la liberación», porque «todos la querían»; el problema era «el estilo de Dios: no gustaba el sonido de Dios para bailar; no gustaban las lamentaciones de Dios para llorar». Entonces, «¿qué querían?». Querían, explicó el Papa, obrar «según su pensamiento, elegir el propio camino de salvación». Pero ese camino «no conducía a nada».
Una actitud que encontramos aún hoy. Incluso «entre los cristianos», se preguntó el Papa Francisco, ¿cuántos están «un poco envenenados» de esta insatisfacción? Oímos decir: «Sí, verdaderamente, Dios es bueno, cristianos sí, pero...». Son los que, explicó, «no terminan de abrir el corazón a la salvación de Dios» y «piden siempre condiciones»; los que dicen: «Sí, sí, sí, yo quiero ser salvado, pero por este camino».
Es así que «el corazón se envenena». Es el corazón de los «cristianos tibios», que tienen siempre algo de qué lamentarse: «“pero el Señor, ¿por qué me ha hecho esto?” –“pero te ha salvado, te ha abierto la puerta, te ha perdonado muchos pecados”– “Sí, sí, es verdad, pero...”».
El israelita en el desierto decía: «Yo quisiera agua, pan, eso que me gusta, no esta comida tan ligera. Estoy hastiado». Y también nosotros «muchas veces decimos que estamos hastiados del estilo divino». Destacó el Papa Francisco: No aceptar el don de Dios con su estilo, ese es el pecado; ese es el veneno; lo que nos envenena el alma, te quita la alegría, no te deja seguir».
Y «¿cómo resuelve todo esto el Señor? Con el mismo veneno, con el mismo pecado»: es decir, «Él mismo toma sobre sí el veneno, el pecado y es elevado». Así sana «esta tibieza del alma, ese ser cristianos a medias», ese ser «cristianos sí, pero...».
La curación, explicó el Papa, llega sólo «mirando la cruz», mirando a Dios que asume nuestros pecados: «Mi pecado está allí». Sin embargo, «cuántos cristianos mueren en el desierto de su tristeza, de su murmuración, de su no querer el estilo de Dios».
Esta es la reflexión para cada cristiano: mientras Dios «nos salva y nos muestra cómo nos salva», yo «no soy capaz de tolerar un poco un camino que no me gusta mucho». Es «ese egoísmo que Jesús reprochaba a su generación», la que decía acerca de Juan Bautista: «No, es un endemoniado». Y la que cuando vino el Hijo del hombre lo definió como un «comilón» y un «borracho». «¿Pero quién os entiende?» dijo el Papa añadiendo: «También yo, con mis caprichos espirituales ante la salvación que Dios me da, ¿quién me entiende?».
He aquí entonces la invitación a los fieles: «Miremos a la serpiente, el veneno ahí en el cuerpo de Cristo, el veneno de todos los pecados del mundo y pidamos la gracia de aceptar los momentos difíciles; de aceptar el estilo divino de salvación; de aceptar también esta comida tan ligera de la que se lamentaban los judíos»: la gracia, o sea, «de aceptar los caminos por los cuales el Señor me conduce hacia adelante». El Papa Francisco concluyó deseando que la Semana Santa «nos ayude a salir de esta tentación de llegar a ser “cristianos sí, pero...”».

lunes, 9 de marzo de 2015

Fotografías de la celebración

VISITA DEL OBISPO ADOLFO URIONA A ISLA VERDE, EN LA TOMA DE POSESIÓN DEL CURA PÁRROCO JOSÉ LUIS DÍAZ







Gentileza de Alberto Bertello 

Celebración

VISITA DEL OBISPO ADOLFO URIONA A ISLA VERDE, EN LA TOMA DE POSESIÓN DEL CURA PÁRROCO JOSÉ LUIS DÍAZ





El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho.

miércoles, 4 de marzo de 2015

INVITACIÓN PARROQUIAL

La comunidad parroquial, nos invita el día viernes 6 de marzo a las 20:00hs., a la celebración en donde asumirá como párroco de nuestra comunidad el Pbro. José Luis Díaz. En dicha celebración también tendremos la alegría de recibir por primera vez a nuestro obispo diocesano Mons. Adolfo Uriona. 


INICIAMOS EL AÑO 2015 REZANDO POR NUESTRA PATRIA

ORACIÓN POR LA PATRIA